Umberto sale a caminar

Umberto ha leído graves libros antiguos,
a lo largo del día, sobre su preferida poltrona.

Ahora, con el puro apagado en la boca,
sale de su casa, el sombrero puesto,
sale como cada tarde o cada noche
–con un bastón empírico y ejemplar.

Enfila pues por la calle intelectiva,
en donde él saluda y es saludado,
hasta llegar al café en donde algo pide
y recuerda el aforismo de otro escritor.

Terminado el momento, emprende el camino
de vuelta, pero, realmente no sabe cómo,
se pierde: esto le ocasiona cierta vergüenza. 

Deambula entre lugares para él desconocidos,
edificios, arquitecturas, monumentos ignotos,
fachadas cambiadas, un inventario de misterios.

¿Es esto Milán, desde luego se pregunta?

(No se escucha más el sonido de su bastón.)

Por fin cree reconocer una calleja.
Pero resulta que no es calleja alguna,
sino el pasillo de una biblioteca inacabable,
con inacabables y blanquísimos anaqueles,
y cada libro es ya un rumor, y es ya un eco.

Tenía razón el otro, piensa: esto es el paraíso.

Sin refugio

Esta noche el frío es tremendo, y caminas y caminas con tus cosas 
a cuestas
por las calles de resina que son como sueños

de la ciudad–cangrejo.

¿Qué querrá decir exactamente que un semáforo cambie de color 
en el momento preciso que alguien abre la puerta del carro 

a una prostituta sin dedos? Nada: 

no quiere decir nada.

Quiere decir que tú estás verazmente solo, quiere decir que continúas caminando, 
a lo bestia, traspasando óvulos de bruma o de muerte, hasta sangrar 

por las orejas. 
Quiere decir que tú, que nunca lloras, hoy podrías llorar, amigo.

Y es cuando comprendes: esta noche no llegarás al refugio.
Todas las fechas vencidas se han juntado en tu garganta.

Una enfermedad terminal comienza a dolerte en el hueso.

Pareciera como si del otro lado del muro están violando a alguien

Pareciera como si del otro lado
del muro están violando a alguien.

¿No les parece que están violando
a alguien del otro lado del muro?

Pareciera que un emperador nocturno,
de barriga descomunal, icónica,
está montando a una niña.

Podríamos decir que ella
está siendo desgarrada
por un mar de hombres.  

Y hay que suponer que es sangre
eso que sale de su vagina.

(Grito: golpe: sangre: grito.

Sangre: golpe: golpe: grito.

Sangre: sangre: sangre: sangre.)

La niña es ya un párpado deformado,
hay que suponer. Hay que suponer

que la niña quiere comunicar algo,
que todos esos alaridos insólitos
quieren comunicar alguna cosa.  

Y pareciera que estuviera riendo,
cuando de hecho está llorando.

Y pareciera que estuviera pidiendo más,
cuando de hecho está pidiendo ayuda.

Y pareciera que del otro lado del muro
están violando a alguien, pero nadie
dice nada, y nadie brinca el muro,
y los gritos desgarran la noche, otra vez. 

Y todos tenemos miedo. 

Los medios hábiles

“Para vivir afuera de la ley
tienes que ser honesto”

Dylan

Nos dimos cuenta que nada había cambiado,

que todas las jaulas estaban intactas,
que todas las casas continuaban ardiendo,
que todas las tribus seguían iguales,

pudriéndose a la orilla del río.

Lo que necesitábamos eran mejores rutas,
otros estilos, más distinguidos, de acción.

Así que empezamos a probar distintos arpones,
variables alfabetos para decir las cosas, nuevas
maneras de transformar a los seres de la niebla.

¿Estábamos arriesgándonos? Sí, definitivamente.

Hay toda clase de riesgos cuando haces las cosas
fuera de los circuitos, fuera de los códigos usuales.

Es por lo mismo que tu honestidad debe ser impecable.

De otra manera solo traerás más ruina y más error.

Pero si eres suficientemente auténtico,
entonces todas las puertas se abrirán
dentro de ti –para que otros entren.

Los programadores

Siempre, a la misma hora,
todos los programadores
del universo exhalan

un gritito de angustia,

luego siguen trabajando.

Ellos seguirán trabajando,
frente a la pantalla lívida,

hasta que los mamuts
vuelvan a llenar las calles.

Practica el mindfulness

Practica el mindfulness.
Manifiesta tus deseos.  
Hazte uno con el todo.
Únete a nuestro retiro.
Compra nuestros libros.
Besa los pies auroleados
del Perfectísimo Gurú.

Los refugiados

Era de día.

Los refugiados estaban allí,
frente a nosotros.

Habían venido desde el
indónde, el incuándo.

Los refugiados y sus perros muertos.

Sucios, incandescentes: mujeres,
hombres, niños, fetos, sombras.

Nos miraban.

No sabíamos qué hacer.

Hasta que alguien dijo:
la vida es de todos.

Abrimos las puertas.

Ha muerto el músico

Muerto: el músico.

Las pianos sueltan su leche.

Al pie
de todas las flores

lloramos por aquel

cuyas canciones
nos hicieran olvidar

(por un rato)

que vivimos en una ciudad
de extorsionistas

y asesinos.


La Larva

¿en dónde está
la enfermedad:

en la próstata
los pulmones

el cerebro?

en las noches 
yo escucho

atentamente

busco algún ruido
en mi organismo

una mínima clave
que me permita

descifrar

dónde yace
la Larva

Plaga

El insecto que caminó
antes que caminara

el primer hombre

será destripado
por el último.  

Eres tú y tu asesino

Eres tú y tu asesino:

nada podrá desapartarte
del cuchillo

que sostienes,
y que ya te está cortando

la garganta.

La pianista

La pianista
nos mira mirarla

–Esfinge–

asombrados
y deshechos

ante tantísima belleza.

Así es: todos estamos rotos
de oírla,

de escuchar esas melodías
ni siquiera humanas.

La pianista será,
seguirá siendo

Diosa,

mientras nosotros
seguiremos siendo

Nadie.

Bidimensional

No has visto el sol en cien días,
tienes hambre,

una rata te come el pie.

Y sin embargo a veces sientes
que eres feliz en un lugar paralelo.

Una cosa es esta celda ciega,
pero en otro mundo –blanco–

tu pueblo te ama,
tu reino es grande.

Estás en una cárcel,
pero otro tú está libre

en un campo abierto
bajo el sol sin mácula,

o penetra con ternura
a una aceitada mujer.

Lo sabes. Sonríes.

Habla la glaciación

Entraré.

Lo cubriré todo de un metal
blanco,

de una sal sin límite.

Las ciudades
conocerán un nuevo asfalto,

una helada incandescencia.

Las razas sentirán el terror.

A mí la humanidad 
me hace los mandados.

Llegará

Porque llegará:

el día cuando yo ponga a Dios
contra la pared,

el día cuando sea Dios

quien coma vísceras,
peces podridos,

restos funerales
junto al río radioactivo.

El día
cuando el perro

sea Él.

Mi brazo trágico

Este es mi brazo trágico,

el que se hunde

en las placentas
de la muerte,

el que se apoya
en el hielo

que ha ganado
más frío.

Estiro mi brazo trágico
bajo la lluvia

para acariciar el cráneo
lento del torturado.

Viejas palomas anochecidas,
venidas de los árboles

líquidos del olvido, se posan
sobre mi brazo trágico.

Y yo cómo lo amo,
porque me ha acompañado
en cada uno de mis callejones

sin salida.

Mi brazo hipertrágico,
el que me he cortado

por vos.

El hijo de la sed

Sos el loco posapocalíptico
que va buscando
agua

entre las casas
vacías,

con un largo cuchillo
y alguna escopeta,

dejando

tras de sí
un reguero de sangre

que sale de una herida
que te ha causado

otro
loco posapocalíptico.

Caminas, te mueves de acuerdo
a elaborados

planes impenetrables

(que involucran bisectrices
y el vuelo de las aves migratorias)

siempre buscando agua,
porque sos 

un hijo de la sed.

Entre pueblos polvorientos
te han visto,

hablando solo,

con una chaqueta cubierta
de orejas de perro,

y gritando el nombre
de una hembra

flamígera,

que nunca encontrarás.

Los huesos crecen

Las osamentas
de poco en poco
fueron creciendo,

se hicieron gigantes
debajo de la tierra,

construyeron metrópolis
y civilizaciones de hueso,

imperios que saldrán
a reclamar la vida.

El oficio secreto

No nos apena lo que hacemos:
pero lo hacemos secretamente,
porque si lo hacemos públicamente,
nos quemarán en la hoguera,
y porque si lo hacemos públicamente,
se volverá un simple commodity:
y eso sí que no lo vamos a permitir.

Si voy a caer

Si voy a caer,
que sea por atrapar las siete alas del pájaro 
que sangra palabras.

Si voy a caer,
que sea frente al pelotón de sombra de los versos quemados,
que sea en el tiempo de los adjetivos crudos, los vocablos           
crepusculantes, en una estación redactada ante la nieve.

Si voy a ahogarme, pues,
que sea en el fuego de la página, para que así todos sepan     
que escribir es lo que todos decían. 

Los hombres–zarigüeya

1/ Al nacer,

los hombres–zarigüeya
son colocados en una incubadora
gigante, en donde van aprendiendo

el oficio de no mirar a nadie
a los ojos, de nunca mirar

a nadie a los ojos.

2/ Los hombres–zarigüeya
copulan al principio con pena,

y luego con más pena.

3/ Sabemos que
cuando las campanas
de la vieja catedral resuenan,

los hombres–zarigüeya
salen de sus madrigueras

y los edificios, los grises
edificios los reciben:

son miríadas.
son legiones.

4/ Los hombres–zarigüeya
escriben cartas de disculpa
que envían a otros
hombres–zarigüeya
que también escriben
cartas de disculpa.

5/ En la noche miran
la calle, desde la ventana,
colgados prensilmente
de alguna rama oscura.

6/ Con el paso de los años
se van enfermando, y expulsan,
desde sus hociquitos neurasténicos,
una sangre parda que muerde
las cosas que ya no sirven.

Cursor

El cursor se ha vuelto
loco en la pantalla

y ahora abre páginas,
lastima documentos,

arrebata cosas del desktop.

Este es el momento
que nos tenían prometido:

la ola de las máquinas
ya viene por nosotros.

Cambio de mando

Acostado
en esta cama,

devastado por la quimio,
delirando, furioso, babeante,
aunque de súbito golpeado

por alguna lucidez,

intuyes lo siguiente:

que alguien está a punto de nacer,
mientras tú mismo estás a punto de morir.

Y te resulta triste el cuadro en el muro,
triste la pantalla (apagada) del televisor,

la ventana que da hacia fuera,

hacia un universo de fuerzas crepusculares
en las cuales ya no participas.

Morirás en este hospital,
entre máquinas concretas,

comprendes.

Y en aquel hermoso reino
de heridas y de pájaros
ya no serás bienvenido.

Mientras exhalas,
una mujer exhala:

otro nace.

El avión ha sido secuestrado

¿Aterrizará el avión siquiera en un lugar,
volará en mil pedazos en el aire?

En este no–saber,
la señora de enfrente
está teniendo alguna clase
de episodio cardiaco.

El vecino de asiento, de culo gordo,
mira compulsivamente a todos lados.

Un niño ofrece un pequeño
llanto, que bien podríamos 
calificar de dickensiano.

Yo por mi parte tengo ganas
de vomitar, de vomitar o gritar
o pararme y decir algo.

Pero no digo nada.

Todos estamos nerviosos.

Algunos, francamente, rezan.

Hay una niebla eléctrica en el ambiente.

El avión ha sido secuestrado,
y ni siquiera sabemos por quién,
o si de veras ha sido secuestrado.

Solo sabemos que tenemos miedo.

+


Maurice Echeverría ha publicado los libros de poemas Encierro y divagación en tres espacios y un anexo (Editorial X, 2001), y en formato blog los libros Plegarias Mutantes (Zanate, Guatemala, 2008), Setenta y dos ángeles tullidos (Zanate, Guatemala, 2008), La glándula infinita (obra en progreso, Zanate, Guatemala, 2008), Los poemas de Saffron Lane (Zanate, Guatemala, 2008), La oreja en tu mano (Zanate, Guatemala, 2009), y Zona 3 (obra en progreso, Zanate, Guatemala, 2010). Ganador del Premio Federico García Lorca de Poesía 2006, convocado por el Centro Cultural de España en Guatemala.
 

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